Parlamento Británico, Palacio de la Ciencia

Carta blanca. A medida que las elecciones legislativas vuelven a poner a la Asamblea Nacional en el centro de atención, el Palais-Bourbon sigue siendo una institución en gran parte desconocida. A priori, tales edificios tienen poco que ver con la historia de la ciencia. Por no hablar de la investigación de Edward J. Gillin, investigador de la Universidad de Leeds, quien, en un sorprendente libro, El Palacio Victoriano de la Ciencia (Cambridge University Press, 2017), repasa la historia del Palacio de Westminster que, al ser reconstruido tras un incendio entre 1834 y 1860, también funcionó como lugar de actividad científica.

Mientras Edward J. Gillin hojeaba los archivos de los debates parlamentarios y las actas de los comités responsables de la arquitectura, cuál fue su sorpresa al ver aparecer a los grandes nombres de la ciencia victoriana: el astrónomo real George Biddell Airy, los experimentadores Michael Faraday o David Boswell Reid fue invitado regularmente a estas reuniones, mientras que los químicos Charles Wheatstone y John Tyndall tuvieron que probar los materiales utilizados para construir el futuro edificio y los geólogos para dar su opinión sobre las piedras seleccionadas. Todos utilizaron la Cámara de los Comunes como laboratorio, y los ingenieros hicieron del Parlamento inglés uno de los primeros edificios electrificados.

Ciertamente, muchas veces nos interesa el estilo neogótico del arquitecto Charles Barry, pero al final poco hemos estudiado de la dimensión científica de esta creación, ligada a la idea de modernidad. A partir de la década de 1820, la ciencia y la tecnología buscaron promover una nueva sociedad basada en la circulación material de elementos interconectados, ya fueran bienes, personas o información. Es entonces el surgimiento de los grandes sistemas técnicos viales y eléctricos, que prometen una modernización infinita.

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Asociación de Ciencia y Política

En el mundo de la ciencia, esta esperanza científico-técnica se refleja en la creación de grandes instalaciones con arquitectura monumental, como el Museo de Historia Natural de South Kensington u Oxford. Estas catedrales de la ciencia hablan bien de la grandeza y el prestigio de las ciencias de la segunda revolución científica.

El Whig, Partido Liberal de la época, se vio así impulsado por esta asociación entre ciencia y política. Uno de sus líderes, William Richard Hamilton, estadista y arqueólogo, ve en el nuevo Parlamento una doble oportunidad para establecer esta relación. Primero, según él, la arquitectura debe ser considerada como una ciencia inspirada en principios matemáticos y que tiene su origen en el arte griego. Además, el diseño del edificio en sí debe reflejar el estado de la ciencia de su época (astronomía, mecánica, óptica, hidrostática).

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